Homenaje a los Cuentos de Terror

23 02 2010

Habíamos leído algunos cuentos de terror de Edgar Allan Poe, el maestro del género, y quisimos rendirle nuestro pequeño homenaje a esos libros de páginas inquietantes que consiguen mantenernos en vilo al menos durante el tiempo de la lectura.
Observarás que estos que hemos seleccionado tienen un punto de partida común: suceden de noche, en el autobús en el que el narrador regresa a casa. Fue un acuerdo que tomamos, el mismo comienzo. Después, cada cual debería terminarlo atendiendo a su propia imaginación.
Esperamos que te gusten. Ya nos contarás.

José Luis Polanco
IES “Alberto Pico” (Santander)

VIAJE NOCTURNO

Venía en autobús desde Cinesa, donde mis amigos y yo habíamos estado viendo una película. Eran las 12:30 de la noche. Para no dormirme, estuve leyendo uno de esos cuentos de Edgar Allan Poe de los que nos habían hablado en el instituto, y estaba medio dormido.
Cuando lo acabé, vi que en el asiento de al lado había otro libro. Estaba forrado con cuero rojo, tenía hojas antiguas, oscuras y muy recortadas. Al abrirlo, hizo un ruido extraño y salió mucho polvo. Las hojas estaban en blanco. De repente empezaron a aparecer las palabras, como si alguien las estuviera escribiendo con mano siniestra. Me di cuenta de que eran de sangre. Empezaba diciendo: “Guía del viajero nocturno.”
Pensaréis que eso me asustó y que cerré de golpe el libro. Pues, no. Ese libro me atraía muchísimo, pero durante un momento lo dejé a un lado y escruté el horizonte a través de la ventanilla. Unas figuras extrañas salían de las sombras. Eran personas que caminaban a paso lento. A algunas se les caían los brazos, a otras las piernas, o cualquier otra parte del cuerpo, como la mandíbula. Unos cuantos eran tuertos, a otros se les veía el esqueleto y otros se arrastraban con dificultad. Por el suelo había también manos que se movían hacia el autobús en el que yo me encontraba, todos hacia el autobús. Ya estaban encima, sobre él, debajo de él y a los lados, golpeándolo. Ya rompían los cristales de las ventanas y estiraban sus brazos…
De pronto, las luces del autobús parpadearon y se encendieron. Al tiempo, comenzó a sonar la canción Thriller. El autobús arrancó violentamente, atropellando zombis y más zombis. Así siguió durante un buen rato, llevándose por delante cuanto le salía al paso. Luego, entró en un cementerio, lanzando por los aires lápidas y más lápidas. Con las ruedas chutaba como si fueran balones a los zombis que salían de sus tumbas.
Ahora, delante del autobús se imponía un gigantesco mausoleo. El autobús daba saltitos sobre los ataúdes como si tuviera vida propia, e irrumpió en el mausoleo llevándose consigo las puertas, bajó las escaleras a trompicones y siguió por un largo pasillo que tenía largos tramos rectos intercalados con tramos llenos de curvas. El bus superaba los 300 km/h sin pararse ni reducir la velocidad en ningún momento. Tras subir una cuestecita, salió al exterior y se paró.
En ese momento, sonó una voz que decía:
-Ha llegado a su destino. Desembarque, por favor.
No había más remedio. Cogí el libro y me apeé.
Si algo era cierto es que no me podía quedar allí, esperando a los zombis. Así que empecé a caminar en sentido contrario, por la única carretera que había. Entonces estalló un relámpago que me permitió ver una mansión que estaba sobre una colina. La escalé y llamé a la puerta.
Estaba jarreando. La puerta se abrió y se oyó el sonido de un órgano. Entré. El interior era todo rojo, como las mansiones de las películas de terror. La puerta chirrió y se cerró. El que había abierto no aparecía, si es que había alguien. Pensarás que todo era un sueño; pero no, no lo era.

Víctor Madariaga 2ºESO/C

EL TRICICLO DE POCOYO

Era medianoche, en verano. Estaba dando una vuelta con mis amigos por el Sardinero. Daniel, un amigo mío, se peleó con uno de la zona y como yo no quería meterme en líos, fui a coger el autobús a la parada de la esquina para regresar a casa.
Mientras esperaba, me comí una barrita de chocolate. ¡Qué! ¡Tenía hambre! Poco antes de que llegara el autobús, me llamó mi madre al móvil. ¡Tan preocupada como siempre! Acabé de hablar con ella, me subí al bus y me senté la final del todo. Cogí de mi mochila el libro que tenía dentro, Las cosas no son lo que parecen.
Antes de empezar a leer, subió un niño con un triciclo de Pocoyo, con un objeto en el interior del cestito. Me daba igual. ¿Qué objeto podría tener un niño de aproximadamente tres años en su triciclo azul? Lo extraño era que en la parada no había nadie.
Empecé a leer. El libro era muy entretenido. ¡Me encantan las historias de miedo! De pronto, las luces del bus empezaron a parpadear y el autobús se fue vaciando poco a poco. Me estaba poniendo nerviosa, no sabía qué hacer. Me quedé en blanco por un instante. A los diez minutos, volví en mí. Las puertas se cerraron. Yo quería pensar que todo aquello era obra de mi mente, pero me estaba engañando, sabía que era real. Cerré las tapas del libro y, acto seguido, oí la voz del conductor. Decía palabras al revés, como en la película que decían “ereum”. Entonces el niño sacó de su mochila una pequeña pelota rosa. Me quedé de piedra. Era la pelota que yo tenía cuando era pequeña. ¡Era mi pelota! Me quedé más confusa aún cuando vi la cadena de su muñeca. Era exacta a la de mi padre. Saqué una foto de mi cartera y las comparé. Idénticas. No me lo podía creer.
A continuación, el niño empezó a cantar una nana, la nana que me cantaba mi padre cuando yo tenía tres años. Después, sacó el objeto de su cestita, era un afilado cuchillo, y se abalanzó sobre mí gritando: “Púdrete en el infierno”.
Logré esquivarle la primera vez, pero de pronto empecé a verlo todo borroso. Cuando me quise dar cuenta, no veía nada. Solo oía una voz de fondo:
-Ine, vuelve.
Era la voz de Daniel que trataba de calmarme. Mi amigo me contó que había estado a mi lado todo el rato. Pero no podía ser. Era imposible. Yo había subido sola al autobús. Miré atentamente y comprobé que no estaba dentro del bus, sino en el Sardinero, en aquella parada de la esquina a la que jamás volveré.
-Ine, tienes que dejar de comer esas barritas –dijo Daniel, riéndose a carcajadas.

Inés Roldán Solano 2ºESO/A

EL AUTOBÚS FANTASMA

El sábado por la tarde, después de estar con mis amigos, mi novio y unos conocidos, me dispuse a volver a casa en autobús. Para no aburrirme, abrí uno de mis libros favoritos, La noche de Halloween.
Nunca me había sumido de tal manera en un libro. Cuando me di cuenta, el autobús se había parado y estaba vacío. Todo estaba desierto, el autobús, la calle… Pero lo más extraño de todo era que el libro también se había quedado desierto: no había letras, las hojas estaban en blanco.

Paula Gómez 2ºESO/C

GRIS AZULADO

Era un sábado por la noche, a las 11, y yo estaba con mis amigos. Como era tarde, me despedí de ellos y me dirigí a la parada del bus. Esperé un rato a que llegara. Luego subí, me puse los cascos e intenté relajarme. Pero acabé aburriéndome y me puse a leer un libro, Los caminos del miedo.
Estaba tan centrada en la historia que me olvidé de todo lo demás. Viajé durante horas, hasta que sentí una mano en mi espalda. Miré hacia atrás, pero no vi a nadie. Miré a mi alrededor y vi el vacío. No había nada, reinaba un gris azulado. Solo eso, nada más. Me froté los ojos para hacerme creer a mí misma que aquello era mentira. Pero, no. No había nadie. ¿Dónde estaba? ¿Qué lugar era aquel? ¿Era un lugar? ¿Había muerto?
Los pensamientos eran cada vez más profundos. Me estaba hundiendo en ellos. No sabía si lo que me sucedía era realidad o mentira. Hacía ya un tiempo que no iba al psicólogo, pero no pensé que las consecuencias fueran tan drásticas. Necesitaba ayuda. Cerré los ojos; y de repente, otra vez, de nuevo me volvía a pasar: otra imaginación de las mías. Pero esta vez eran más profundas, eran como agujas que se me clavaban. Pero no me dolía, me sentía acostumbrada.
Luego sentí el frío. Sentí cómo recorría mi cuerpo, cómo circulaba por mis venas, y me congelé.
Ahora veía unas caras, algunas me sonreían, otras me miraban con odio. Delante de mí apareció un álbum de fotos. Las imágenes se hacían cada vez más negras y de ellas salía una sustancia en la que se podía leer claramente: muere, cariño mío.
Sentí cómo se subía a la cabeza. Era como algo que respiraba y me dominaba. Entonces vi un lago que se acercaba a mí y me ahogaba.
Finalmente, me encontré en el agua, atada a una cama, y volví a ver ese gris azulado y el mismo vacío que me rodea desde hace tanto tiempo.

Lía Cernega 2ºESO/B

REGRESO A CASA

Era sábado por la noche, las 22:00. Iba en el autobús S2 para ir a casa, mirando hacia atrás y despidiéndome de mis amigos.
Saqué de mi bolsillo Eclipse y me puse a leerlo. Me encanta. Al cabo de un rato estaba tan metida en la historia que parecía que se había parado el tiempo. De pronto, alguien me tocó el hombro. Me giré, pero no había nadie. Tampoco el conductor estaba. Miré por la ventanilla y en la calle tampoco había nadie. Me pareció extraño ya que era sábado y no muy tarde.
Intenté llamar a mi madre, pero el móvil no tenía cobertura. Me puse de pie y de repente las puertas se abrieron. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Estaba en medio de la nada, y digo de la nada por decir algo, porque en realidad aquello era el centro de Santander.
Bajé del autobús y una anciana con cachava vino hacia mí corriendo y gritando. Pero yo no le entendía muy bien. Decía algo de sangre, o hambre o calambre. Tenía la ropa rota y arañada y el pelo revuelto. Señaló con la cachava un coche rojo, el único que había en la calle. Fui detrás de ella. En el interior del coche había un anciano. Ella se colocó delante de él y empezó a gritar y a saltar.
El anciano no parecía demasiado preocupado y con sangre fría arrancó el coche y aceleró. ¡Se la había llevado por delante!
El anciano detuvo su coche, salió de él y dijo:
-¡Por fin!
Le miré con cara rara. Había atropellado a una señora y ahora se ponía a saltar. Esto es de locos. Entonces vino hacia mí, yo me eché hacia atrás y él dijo:
-Por fin acabé con ella. No me dejaba en paz. Decía que le estaba engañando con una de veinte años, una brasileña. Y yo ya no estoy para esos trotes.
No sé por qué empecé a correr y de repente el mismo autobús del que me había bajado vino hacia mí a toda velocidad.
-¡Mamá, mamá! ¡Socorro! –grité.
-¿Qué pasa, cielo? –dijo ella.
-Me han atropellado.
-Sólo ha sido una pesadilla. Cierra los ojos y vuélvete a dormir.
Sólo había sido una pesadilla, pero parecía tan real… Cerré los ojos y me volví a dormir.

Paula Riaño 2º ESO/C

CUANDO LA MUERTE ACECHA

Era sábado, el reloj marcaba las once de la noche. Había pasado toda la tarde en casa de unos amigos y ahora esperaba, sola, en la parada del autobús. Era tarde, el barrio estaba poco cuidado y por allí tan solo pasaba un autobús, el número trece. No era el que me llevaría hasta mi casa, pero era el único que pasaba por allí y sinceramente, me daba miedo caminar, sola a esas horas de la noche, por ese barrio. Además, el autobús me dejaría una calle más arriba del ayuntamiento, allí, haría transbordo y tomaría el número cuatro que me llevaría a casa.
Cuando el bus llegó, entré. Estaba totalmente vacío y el conductor no me infundía mucha confianza. Busqué un sitio cercano a la puerta y abrí mi libro, dispuesta a leerlo. El libro llevaba por título Cuando la muerte acecha.
Justo cuando estaba enfrascada en la lectura, noté cómo una mano se aferraba a mi hombro. Era una mano fría, huesuda, que hizo que me estremeciera. Me giré rápidamente para ver quién me había agarrado. Nadie. El autobús estaba vacío, algo muy normal, porque nadie solía tomar ese bus, y menos de noche. Retomé la lectura, pero un rato después, volví a sentir esa mano, pero ahora se deslizaba por mi rostro, acariciándolo y tocando mis cabellos. Me giré enfadada y atemorizada, dispuesta a encontrar a alguien que me estuviera gastando una broma pesada. Nadie. Que no hubiera nadie me pareció lo más terrible, más aún que si hubiera habido alguien. Para relajarme miré a la cabina del conductor con la esperanza de que al ver a alguien todos mis miedos se esfumaran. Pero… en el asiento del conductor tampoco había nadie. Miré por la ventanilla para ver dónde estaba. Sentí un gran alivio al darme cuenta de que el autobús se encontraba en la calle que cruza el ayuntamiento. Pero al instante volví a tensarme, no había nadie en la calle, ni un alma.
El autobús se había parado. Me levanté y fui corriendo hasta la cabina del conductor. Allí apreté el botón de apertura de puertas para casos de emergencia, pero no se abrieron. Corrí hacia las puertas y comencé a aporrearlas con la esperanza de que se abrieran. Nada daba resultado y yo comenzaba a desesperarme. Las lágrimas inundaban mis ojos. Cogí el martillo para romper las salidas de emergencia y pegué un martillazo con todas mis fuerzas, pero el cristal no se rompió. Repetí la acción varias veces, pero no dio resultado. De nuevo me eché a llorar, pero aún con más fuerza. Estaba desesperada. Lo intenté otra vez; pero, cuando me disponía a hacerlo, la mano que anteriormente me agarró el hombro ahora frenaba mi brazo. Esta vez sí pude ver la mano y a la persona. Era un chico alto y musculado. Su cara era de singular belleza y tenía el semblante frío y distante. Iba vestido con una túnica negra. Tenía mucha fuerza. Al instante, casi sin que me diera tiempo a decir nada, me dio un beso, un beso de muerte. Sentí un dolor insoportable en el corazón y caí fulminada.
Al despertar, me encontraba en una casa desconocida, en brazos de aquel chico. Yo no tenía pulso en las venas y estaba más pálida que nunca. En ese momento lo comprendí: ese chico era la muerte y con ese beso me mató. En ese instante sonrió y me dijo con una voz aterciopelada:
– Ahora podremos estar juntos, para siempre, mi amor.
La muerte estaba enamorada de mí y lo más escalofriante es que yo lo estaba de ella.

Laura Obregón 2º ESO/B

EL CONDUCTOR FANTASMA

Estoy en el Sardinero. Rondan las once de la noche y llega la hora de despedirse. Voy a la parada del bus y cojo el cuatro, que me dejará cerca de casa. Me siento en la parte trasera y empiezo a leer El gato negro. Estaba tan metido en la historia que no me daba cuenta de nada de lo que pasaba en el exterior.
Entonces noté que alguien me tocaba la espalda. Me asusté, me giré y vi que no había nadie. El autobús estaba vacío, por no estar, no estaba ni el conductor. Después quise poner el bus en marcha para llevarlo a la policía y que ellos me abrieran, pero no hubo suerte. También intenté llamar con mi móvil, pero no tenía batería. Estaba muy nervioso.
Pasaron dos horas, no aguanté más y me dormí. Al cabo de un rato, me desperté. Alguien había puesto otra vez el bus en marcha. Fui a ver quién era el conductor, pero no había nadie al volante. Entonces intenté pararlo, pero no pude. Habíamos salido hacía mucho rato de la ciudad, y cada vez iba más rápido. Nos íbamos a caer por un precipicio. Cerré los ojos y esperé la muerte, pero no llegó.
El autobús estaba volando entre las nubes, Después de un tiempo, llegamos al cielo y una voz grave dijo:
-No hemos querido que sufras el dolor de la muerte, pero te hemos subido al cielo y nunca podrás volver al mundo de los vivos.

Óscar Vallejo 2ºESO/B

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3 responses

5 03 2010
cacherreri

Prometemos ilustrar y devolveros algún cuento.Casi seguro que nos veremos obligados a organizar un viaje hasta El Sardinero para conocer ese autobús fantasma.
Un saludo para estos brillantes escritores Cántabros.

5 03 2010
fran

Hola,estoy en el hospital de oviedo,me llamo Jose Francisco Suárez Argüelles y tengo 13 años .
Yo he leido EL CONDUCTOR FANTASMA y me a gustado mucho y tambien hice un dibujo.
Un saludo.

5 03 2010
Lara

Yo también hago 2º E.S.O y este sería mi final para “el autobús fantasma”

….. Pero cuando vi que en ese libro no había nada, de repente el libro me absorbió dentro de él. Era horrible, había zombis, brujas, vampiros….de todo.
De repente se dieron cuenta de que no era como ellos, era humana .Vinieron todos a por mí. Era horrible.
¡Y de pronto vi una luz muy brillante! Y sin saber como, me encontré en mi cama. Todo parecía que era un sueño, pero, fue un sueño en realidad.

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